No hace mucho tiempo atrás hablaba con una gran amiga, con la que comparto muchas más cosas que orígenes sociales e historia de vida similares, la gran frustración que me genera el precario rol que tenemos los científicos sociales en la sociedad y en nuestro entorno cotidiano. Cuando hablo de entorno cotidiano no hago referencia al rol que como científicos ejercemos dentro de las redes de investigadores, debates intelectuales o congresos periódicos de los que participamos; o dentro de aquellos espacios donde discutimos sobre política y de los cambios que a nuestro juicio necesita nuestro país. Me refiero a un espacio mucho más simple y ordinario: la ciudad, la comunidad, las organizaciones sociales, los espacios de participación y deliberación local, el barrio o el pueblo.

Siempre me he sentido incómoda dentro del mundo académico, sobre todo de aquel que de forma ideal conciben casi todos mis colegas. El mundo de las publicaciones científicas en revistas prestigiosas, de los grandes proyectos intelectuales y de los centros de investigación (ojalá bien ubicados en los rankings internacionales), el mundo de los simposios y congresos internacionales. Esta incomodidad la asocio a una razón a mi criterio trascendental: la incapacidad de los científicos sociales, principalmente, para vincularnos de forma directa y genuina con quienes son nuestro principal objeto de estudio: la sociedad y sus problemas.

Intentaré argumentar en breve esta incomodidad, aunque me obligue a ser autorreferente. Nací y me crié en Puerto Octay, un pueblo de 3,000 habitantes de la provincia de Osorno. Me eduqué ahí hasta octavo básico, en la única escuela que existía en el pueblo; sí, esa con nombre de tanque (F-462) a la que asistieron casi todos mis vecinos y familiares, exceptuando a aquellos de clase alta que cursaron sus estudios en escuelas privadas de ciudades cercanas. Una escuela a la que mayoritariamente iba gente pobre, hijos de obreros, gente del campo, y que en los años de dictadura militar –los que me tocaron en ese sitio- era lo más alejado a lo que en muchas partes del mundo se podría considerar un lugar adecuado para aprender a leer, a escribir, a sumar o restar. El tema de aprender otra lengua, música, incluso hacer deporte era cosas impensables de llevar a cabo en ese precario ambiente educativo. Después de pasar la enseñanza media en un colegio particular subvencionado, dado que el miedo de mi familia a que me quede fuera de la universidad siempre fue superior a cualquier gasto mensual en el que pudieran incurrir, terminé yendo a la Universidad de la Frontera (UFRO) en Temuco para estudiar sociología. La UFRO, como muchos de ustedes saben, es una universidad que además de encontrarse alejada académica y financieramente de los grandes centros universitarios, principalmente de Santiago, Valparaíso o Concepción, no tenía entre sus profesores y alumnos gente con un alto nivel social o con importantes redes de influencia que, a través de la amistad y camaradería, podrían haberte ayudado a encontrar un lugar de trabajo relevante en términos de decisiones políticas y financieras (por supuesto hay algunas excepciones). Es así que una vez que terminé la universidad trabajé siempre en municipios. Todos ellos, sin excepción, eran municipios aislados no solamente geográficamente, sino alejados del poder central, con pocos recursos y habitados en su mayoría por gente campesina, obrera, pobres en su mayoría.

Cinco años después y casi por accidente, llegué a estudiar a la Ciudad de México una maestría en uno de los centro más prestigiosos de América Latina, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), para acabar tiempo después mi doctorado en la disciplina de Sociología en la Freie Universität de Berlín, ciudad capital de Alemania, uno de los países más importantes para la historia del pensamiento social en el mundo.

Es quizás mi origen social, así como mi carrera profesional, lo que me ha llevado a mirar siempre con ojo crítico lo que los científicos sociales hacemos en Chile y en América Latina, una región del mundo en que quizás la desconexión entre investigación y desarrollo es más patente y radical. Quizás por mi historia de vida es que me pregunto constantemente el por qué investigar problemas sociales, el por qué escribir artículos, diseñar y llevar adelante investigaciones, si éstas y sus resultados pocas veces llegan a quienes deberían ser los más beneficiados de ellas. ¿De qué sirve publicar cinco artículos al año en revistas indexadas si no somos capaces de encontrar respuesta a problemas sociales urgentes y cotidianos? Creo que muchos de mis colegas, grupo en el que me incluyo, miramos con frustración las exigencias para mantenernos en la “rueda productiva” del pequeño mundo de los académicos, mientras el 90% de la población allá afuera no comprende para qué sirve lo que hacemos. Así, entonces vale la pena hacerse la pregunta: ¿qué impacto generan nuestros esfuerzos y los recursos que invierten el Estado para educarnos en grandes centro de pensamiento, si no existen espacios donde los expertos puedan tener opiniones o aplicar lo aprendido? ¿De qué sirve estudiar conflictos sociales, el problema de la desigualdad o temáticas de género si no tenemos influencia en los debates sobre políticas publicas o si no aportamos con conocimientos a los gobiernos locales y regionales? Siempre imagino ese hipotético ejercicio de pararme frente a un grupo de pobladores o vecinos y preguntarles: ¿qué creen ustedes que hace un sociólogo, un politólogo, un antropólogo? ¿Cuál creen que es nuestro rol dentro del lugar donde vivimos? Les aseguro que ninguno de ellos podrá dar respuestas a mis preguntas. Esta brecha abismal entre generación de conocimiento y realidad cotidiana no es algo de lo que me sienta orgullosa, sin embargo es algo que al menos me perturba, y me inquieta por el simple hecho que del mundo de donde yo vengo y seguramente muchos de mis colegas, la gente tiene necesidades urgentes y problemas reales que no les permiten desarrollan sus vidas de forma plena.

Si se trata de buscar causas de dicha desconexión podemos encontrar varias. La primera de ellas, es la poca capacidad de nosotros mismos, los científicos, de generar canales para divulgar lo que hacemos más allá de los papers e investigaciones, ¡qué vamos! Y hay que reconocelo: terminamos leyendo, criticando y citando el mismo grupo de personas. Otra causa es el poco valor que se le da a las ciencias en general, pero sobre todo a las ciencias sociales por parte del Estado y la sociedad en su conjunto. No basta más que leer la disminución del presupuesto para Ciencia y Tecnología para el año que viene para comprobar con incredulidad las prioridades del Estado de Chile en esta materia. En esta línea agregaría otra causa, la poca capacidad del mundo público y privado para incorporar a científicos dentro de sus espacios de trabajo, donde quizás podríamos desempeñar un rol más activo y sobre todo más útil del que tenemos dentro de las universidades. Por último, y quizás lo fundamental, la completa ausencia de una real política de desarrollo que permita un trabajo coordinado y efectivo entre ciencia y políticas, entre ciencias y educación, no solamente universitaria, también en la escuela, entre ciencia y trabajo, y así sucesivamente en muchas otras áreas.

Si las ciencias encontraran un camino que nos lleve a incorporar lo anterior, podríamos conseguir sin lugar a dudas un mayor desarrollo, pero no sólo eso, podríamos mejorar la calidad de vida del 90% de la gente que está fuera de las universidades y de los prestigiosos centro de formación profesional.

Al final una reflexión personal, qué útil habría sido tener el conocimiento que tengo ahora cuando trabajaba con la gente en el campo, cuando me tocaba diseñar los planes de desarrollo del municipio, cuando me tocaba pelear por los recursos de los gobiernos regionales para construir escuelas, hospitales, instalar luz eléctrica o agua potable. Sin duda la realidad pudo haber sido otra, y quizás habríamos logrado muchos más cosas.

Los científicos deberíamos ser capaces de mirar el mundo fuera de las aulas, para contribuir a la vida cotidiana de quienes no han tenido el privilegio de estudiar en prestigiosas universidades en Europa o EE.UU, mal que mal ese detalle le importa a sus colegas y al 5% de personas que han tenido una experiencia similar a la suya estudiando un postgrado. Les aseguro que a todo el resto del país no le importa, o no le importará hasta que nosotros no seamos capaces de meter las manos en los sitios donde la gente normal desarrolla y enfrenta las vicisitudes de la vida cotidiana.

Como equipo de Incandescente, Enciende Tu Mente agradecemos enormemente a la Dra. Claudia Maldonado Graus por su entusiasmo, apoyo y compromiso con nuestro proyecto y por enviarnos esta nota de su autoría para contribuir directamente con los objetivos de nuestro proyecto, que no son más que promover el pensamiento crítico y difundir el conocimiento científico de una forma que humanice nuestro quehacer, que lo acerque al día a día. ¡Muchas gracias Claudia!

Claudia Maldonado Graus. 

fotoDra. en Sociología de la Universidad Libre de Berlín. Soy Socióloga de la UFRO e hice mi doctorado en la misma disciplina en la Universidad Libre de Berlín. Lectora, viajera y trotamundos, amante del mar,  los pescados, los mariscos y el vino

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