Para qué me invitan, si ya saben cómo me pongo

En una de esas conversaciones que se dan en un bar me tocó ser interpelado por la clásica afirmación “las farmacéuticas controlan todo, siempre han sido los malos de la película” y la verdad es que me quedé sin una buena respuesta. El tiempo pasó, como pasa siempre, al calor de un vaso y otro en medio de una conversación intrascendente, entre la del partido del fin de semana, entre las historias de estudios pasados. Y, finalmente, llegó el cuestionamiento de SIEMPRE: “lo que pasa es que tú le tienes mala al doctor Soto porque él sí terminó de estudiar medicina y tú no”. Un silencio casi interminable recorrió el ambiente.

Sin embargo, esta vez no quise quedarme callado ya que el argumento anterior es una falacia argumentativa del tipo ataque ad hominem. Y como nuestra intención es que nadie cometa ese tipo de error, pasamos a ejemplificar tal falacia: ¿se acuerda usted cuando salió electa alcaldesa de Maipú la señora Kathy Barriga? Muchos comentarios al respecto iban en la línea “qué va a saber ella de política, si lo único que sabe es bailar” o “no cacha náh, esa cabrita conoce pura farándula”. Bueno, los “argumentos” anteriores son del tipo de ataque ad hominem, puesto que se centran en la historia personal de la actual alcaldesa y no en torno a las ideas que ella defiende desde su posición actual. A modo de ejemplo, no es lo mismo decir “consideramos que es una medida demagógica por parte de la alcaldesa Barriga el gastar dinero en regalar huevos de pascua, considerando los problemas de presupuesto que tiene la comuna de Maipú” que decir “qué va a entender Kathy Barriga de política y presupuestos si lo único que sabe es bailar en la tele”. Un argumento (el primero) se centra en la idea de haber gastado presupuesto comunal regalando huevos de pascua y ofrece una crítica basada en la urgencia de cómo utilizar los fondos de la comuna. El segundo argumento realiza una crítica a la capacidad de gestión de la alcaldesa atacándola personalmente por su pasado en televisión.

Exhaustividad argumentativa

Luego de explicarle a mis contertulios la falacia en la que estaban cayendo, me envalentoné y se me ocurrió la idea de ponerle el pecho a las balas y señalar que TODOS podemos realizar un análisis crítico en torno a diferentes temas, siempre y cuando contemos con los argumentos correctos. Es por esta razón que creo interesante considerar una anécdota no menor en torno a un caso histórico de meter las narices en un campo ajeno.

Las Ciencias Sociales han sido un lugar donde ha existido permanentemente el riesgo de caer en el problema de quien “escribe más bonito” gana. Como bien lo demostraron en su tiempo Alan Sokal y Jean Bricmont, dos caballeros motivados por el pensamiento crítico, cuando no existen mecanismos de control y revisión para publicar artículos, se corre el riesgo de publicar dislates (qué bonita palabra) y sinsentidos, los cuales pasan colados sin los filtros pertinentes. Sokal envió en el año 1996 un artículo llamado “Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica” a la revista Social Text, de gran prestigio en ese entonces dentro del círculo de estudios culturales posmodernos. La revista pisó el palito y publicó el artículo que estaba plagado de palabras rimbombantes sin sentido alguno (como el título del mismo), y en donde se afirmaba entre otras cosas que la gravedad es un “constructo social”; o sea que existe sólo porque todos los humanos estamos de acuerdo en que es verdad, como si a la gravedad le importase un cuesco nuestra existencia.

Por supuesto que el artículo trajo dimes y diretes entre los científicos sociales posmodernos que denunciaron mala fe de parte de Sokal al citarlos de manera descontextualizada, entre otras acusaciones, y Sokal mismo se burlaba de ellos, ya que los consideraba unos vendedores de humo profesionales. Al año siguiente Sokal, esta vez junto a su buen amigo Bricmont, escribieron el libro “Imposturas intelectuales” donde profundizan en la denuncia de la tergiversación de conceptos científicos por parte de los científicos sociales posmodernos. Si le interesan más detalles de esta sabrosa historia, puede leer más al respecto aquí.

Podemos decir que se trató de una victoria contundente de las ciencias duras, específicamente la física, al denunciar el mal uso de sus conceptos por quienes pretenden imponer visiones propias, usando como pretexto el prestigio proveniente del conocimiento recabado por las investigaciones en las ciencias naturales. Este punto es muy importante, ya que lamentablemente estamos inundados de gente que intenta sistemáticamente aprovecharse de diversos conceptos provenientes de los descubrimientos en diversas ramas de la ciencia para validar sus ideas o, incluso peor, vender sus productos sin ningún asidero en el conocimiento científico (a ti te hablo Deepak Chopra y tu sanación cuántica).

Pero lo cierto es que tales investigadores mostraron lo fácil que es meterse “en las patas de los caballos” cuando no existe un mínimo de rigurosidad al citar conceptos propios de otras áreas del conocimiento humano e insertarlos de manera injustificada en otra área. Creo que por esa razón causa suspicacia que venga un cientista social, quien en muchos casos no ha contado con un entrenamiento exhaustivo y riguroso en ciencias “duras” (física, química y biología, por ejemplo) a afirmar postulados de, por ejemplo, la teoría de cuerdas.

Todos podemos usar el conocimiento científico y argumentar coherentemente

pharmaceutical conspiracy

En esta reunión fraternal de amigos, yo como sociólogo en potencia (aún cursando el pregrado) me ví en la necesidad de argumentar en contra de un compuesto como el hipoclorito de sodio (MMS) porque “las grandes farmacéuticas hacen negocios y lucran a costa de la población”, como bien se me hizo ver en tal reunión. Intenté explicar paso a paso por qué tales afirmaciones de la barra brava del MMS eran falsas, y aún peor, peligrosas en un contexto de salud pública. Y es en este punto en el cual deseo detenerme: “las farmacéuticas nos esconden algo”. Puedo entender tal desconfianza, pero si de algo se trata este juego de poder en torno a la información (porque poseer y manejar información es poder en el mundo actual), ha sido la ciencia en su labor profundamente democrática la que ha llevado a la luz los escándalos de sus posibles negligencias y no al revés, como pretendió hacer creer Andrew Wakefield con el bulo de las vacunas y el autismo.

Es de especial interés el caso de la Talidomida, la cual fue prescrita en un principio como un sedante, seguido de efectos propios de un elixir mágico para combatir desde mareos matinales hasta insomnio, tos, resfriados y dolores de cabeza. Sin embargo, el trabajo desinteresado de científicos llevó a encontrar los efectos colaterales del uso de la misma, con malformaciones fetales como su principal efecto, logrando la reclasificación de este compuesto como una droga contra el cáncer. Es importante recalcar que fue la acción investigativa de grupos de científicos, quienes alarmados por los efectos colaterales de la droga lo que llevó al establecimiento de un nuevo protocolo de estudio que nos han permitido a usted y a mí gozar de fármacos en las dosis indicadas cuando de dolencias comunes se trata hasta el día de hoy. Y es la acción continua de estos grupos de científicos la que nos hace posible tomar una aspirina en un dolor de cabeza o no tomar 1 kilo de vitamina C (lo que causaría un envenenamiento, sobrecargando a nuestros riñones) cuando estamos con un resfrío, porque se han estudiado las cantidades inofensivas para nuestra fisiología.

Esa cosa llamada ciencia y la búsqueda del conocimiento

Espero, de todo corazón, que podamos dejar de lado el desconocimiento de la labor científica en nuestras vidas y reconocer cuando un grupo desinteresado, movido únicamente por el interés del conocimiento, nos ayuda en tareas diarias como dejar de lado un dolor de cabeza común o los malestares asociados a un resfrío (del cual todavía no hay cura, pero aquello sería material de otra columna).

¿Y por qué me sentí con el “deber” de rebatir los argumentos de mis amigos? Porque cuando uno quiere a alguien le preocupa que no se haga daño. Hay también, de seguro, un atisbo de ego en “tener la razón”. Pero lo más importante es ayudar al prójimo. He allí la diferencia entre alguien que decide gastar dinero de más en comprar “sal roja del Himalaya” (que es químicamente igual a la sal común y corriente que usted puede encontrar en su supermercado o almacén más cercano) a quien cree que tomando un limpiador industrial va a sanarse de sus malestares. La sal roja es más cara porque a algún mercachifle iluminado se le ocurrió ganar dinero a costa de la ignorancia de la población, pero no va a influir (en un principio, a menos que quien consuma la sal se le ocurra aumentar la ingesta de la misma) en el estado de salud. Sin embargo el no vacunar a los hijos, el tomar cloro o comer caca sí constituye un peligro para la salud pública.

También resulta relevante el no culpar al ciudadano común y corriente de “creer en tonteras”, puesto que todos nosotros estamos insertos en una cultura y habitamos un ambiente en el cual buscamos dotar de sentido nuestras vidas, por lo que actuamos de manera razonable según nuestro contexto, lo que no es sinónimo de actuar de manera racional. Pero ese será material para una posible posterior columna.

Por ahora le pido que comparta las publicaciones de Incandescente, las cuales tienen el único interés de acercar un poco la labor científica al quehacer diario de nosotros simples mortales que decidimos no pasar una vida entera dentro de un laboratorio o frente a un microscopio para mejorar las condiciones de vida del resto de la población.

Como equipo de Incandescente, Enciende Tu Mente agradecemos enormemente a Gustavo Gallardo Díaz por contactarnos y enviarnos esta nota de su autoría para contribuir directamente con los objetivos de nuestro proyecto, que no son más que promover el pensamiento crítico y difundir el conocimiento científico de una forma que humanice nuestro quehacer, que lo acerque al día a día. ¡Muchas gracias Gustavo!

Gustavo Gallardo Díaz

 

Gustavo A. Gallardo Díaz (ggallardo@ug.uchile.cl). Actual estudiante de pregrado de Sociología de la Universidad de Chile, tuvo un affaire de 4 años con la ciencia médica. Fanático del queso, jamón y charcuterías varias. En sus ratos libres intenta cantar porque su mamá le dice que “canta bonito”.

¿Tienes algo sobre lo que te mueras por escribir y discutir? ¿Te pican las manos por publicar algo al respecto? No lo dudes más y contáctanos directamente a editorial@incandescente.cl

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