Quisiera partir este artículo aclarando que este es un artículo de opinión: si bien no carece de argumentos, no todo está basado en evidencia y más bien corresponde a una necesidad de expresión que a la motivación tradicional en nuestro sitio de difundir y educar sobre ciencia.

Este artículo comenzó a gestarse en mi cabeza días después de nuestro post a propósito de las declaraciones del Dr. Soto. Después de la publicación de nuestra declaración recibimos más visitas que nunca, la gente leía nuestro sitio, compartía nuestros artículos y nos dejaba sus comentarios. Para un sitio que tiene la misión de DIFUNDIR la ciencia en un lenguaje ameno y comprensible, ser leído, compartido y comentado es un éxito.

Sin embargo, por días tuve una sensación amarga… había un par de comentarios en nuestros artículos que nos señalaban (a nosotros y a los científicos en general) como arrogantes, como personas cerradas de mente, personas intolerantes a no tener la razón, como profesionales vendidos al servicio de grandes y perversas industrias. No sólo estaban ese par de comentarios, sino que algunos amigos de mis redes sociales -a quienes quiero mucho- comentaban en otras partes (por supuesto sin decirme nada directamente) que los científicos somos una especie de “arrogantes-egomaníacos-dueños-de-la verdad-ávidos-de-llenarnos-las-manos-de-dinero-con-el-sufrimiento-ajeno”. Y me quedé por días pensando ¿Cómo es posible que gente que me conoce, que quiero y que me quiere, piense que lo que hacemos es motivado por la individualidad y el ego?

Y entonces decidí escribir este artículo de opinión. En él trataré de explicar, desde una perspectiva que espero represente al menos a una fracción de mis colegas, cómo trabajamos, por qué parecemos absolutistas y qué nos motiva a difundir (a los que nos motiva).

¿Cómo trabaja un científico? o Soy católica y científico

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Nuevamente, sólo conozco una fracción de la ciencia, fundamentalmente la parte de investigación biomédica chilena, así que hablaré desde lo que conozco y que, posiblemente no representa el modo de trabajo de todos los científicos.

Un científico intenta trabajar desde la objetividad de la evidencia y los resultados científicos, dejando al margen de su trabajo sus creencias personales. He tenido colegas de muy diversas creencias religiosas: desde ateos acérrimos, agnósticos, católicos, judíos, evangélicos y mormones (eso que recuerde en este momento). He tenido también colegas de todas las posturas políticas: extrema derecha, de centro, de izquierda, defensores del capitalismo, anarquistas e incluso aquellos a los que la política no les interesa lo más mínimo. Sin embargo, todas esas creencias quedan afuera del laboratorio. Esto es por una razón muy simple: la fe y la razón no tienen absolutamente nada que ver, y adentro de un laboratorio… la fe no tiene nada que hacer.

Personalmente, soy católica. No la más observante, ni la más participativa y muchas veces he sido muy crítica con el actuar de la Iglesia Católica. Sin embargo, creo en Dios y en todos los dogmas que la Iglesia Católica predica (sugiero leer el Credo para un resumen breve de las creencias del catolicismo). Me consta que no soy mayoría entre los científicos, de hecho tengo la impresión de que mis colegas de Incandescente son ateos o agnósticos (no les he preguntado jamás a decir verdad) y uno de mis mejores amigos de pregrado se ha reído de mi catolicismo -con un sarcasmo admirable- creo que cada vez que nos juntamos (te etiquetaría Gonzalo, pero sólo dejaré tu primer nombre en evidencia aquí).

Ahora bien, mi catolicismo no entra al lab ni el lab entra a mi catolicismo. ¿Qué quiero decir con esto? Que fe y razón siguen al menos desde Descartes (que me corrija un filósofo aquí por favor!!) caminos completamente separados. La fe, al menos para mi, no necesita ser explicada ni necesita evidencia: yo creo que Dios existe, creo que es omnipotente, creo que existe el cielo y una larga, larga lista de cosas. Sin embargo, sé que nadie puede probar la existencia de Dios. Es más: muchos pueden dar argumentos más que sólidos para decirme que es físicamente imposible que Jesús caminara sobre el agua o que resucitara en cuerpo y alma y ascendiera al cielo. Ahí en general es cuando uno actúa desde la fe y dice alguna variante de: “me da lo mismo si es posible o no, yo creo en esto, Dios es omnipotente”… y al final, el fondo de ese tipo de frases es que la fe nunca está sustentada sobre evidencia científica sino sobre convicciones profundas, que de hecho se resisten incluso a la evidencia de estar equivocadas. Y aquí es donde digo: el lab no entra a mi catolicismo.

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“Pienso, luego existo. Deal with it”

Por el otro lado, tampoco intento explicar mis resultados experimentales con intervenciones divinas (aunque en momentos de desesperación he visto hasta a los más ateos suplicando por una), ni dejo explicaciones fuera de estudio por el sólo hecho de contradecir mi fe: Mi catolicismo no entra al lab.

El problema para mí no es que las personas tengan fe en cualquier cosa, el problema es que las personas intenten darle características de evidencia científica a cosas que no son explicables (y no serán nunca explicables) por medio de la razón. Por dar una ejemplo: si hay gente que tiene fe en que las pirámides de cuarzo juntan energía positiva cósmica que puede ser canalizada hacia los seres humanos para curarlas de enfermedades mortales, por mí está bien (o para ridiculizar mis propias creencias y no las ajenas: si alguien cree que un cura puede transmutar un pedazo de pan y una copa de vino en cuerpo y sangre del Hijo de Dios, está bien). El problema surge cuando el apóstol de las pirámides decide darle una explicación científica -que incluye iones, energía cuántica y alineamientos moleculares magnéticos- a su creencia (o en el ejemplo del catolicismo, cuando el creyente decidiera ir a buscar ADN humano en la hostia consagrada). Simplemente, fe y razón no tienen nada que hacer juntos: si demuestro que los iones de otros sistemas solares no son capaces de penetrar la atmósfera ni de alinearse en un rayo iónico atraído en particular hacia una forma piramidal de cuarzo ¿Dejarán los piramidales (los he bautizado momentáneamente así) de creer en el poder energético de las pirámides? Con seguridad no dejarán de creer. Lo sé porque yo no dejaría de creer en la transmutación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo porque encontraran que no hay ADN humano en ellos.  Y está bien que ni los piramidales ni yo cambiemos nuestras creencias, porque la fe es eso: una creencia que no necesita evidencia para abrazarse, sino sólo una convicción profunda.

Pero ¿qué pasa cuando es al revés, cuando la fe trata de meterse al laboratorio? Pasa que la gente reemplaza la quimioterapia por homeopatía, la insulina por biomagnetismo y pasa que la gente se muere. Así de simple.

En el laboratorio o “El cuento del huevo y el colesterol”

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Quince años separan a ambas portadas de Time. ¿Había visto alguna vez la segunda?

En el laboratorio, un buen científico deja a un lado sus creencias, observa los fenómenos, se hace preguntas sobre sus observaciones, propone hipótesis para responder estas preguntas y somete las hipótesis a prueba con experimentos. Si los resultados apoyan sus hipótesis, momentáneamente acepta dicha hipótesis como verdadera. Y digo “momentáneamente” porque toda hipótesis está siendo permanentemente sometida a prueba, refinada, contrastada con otros resultados y a veces, nuevas evidencias nos hacen corregir nuestras hipótesis.

Un ejemplo clásico de cómo la evidencia va modificando las hipótesis: el huevo y el colesterol. Durante años se recomendaba consumir al menos un huevo al día porque tiene un alto contenido de proteínas y particularmente de aquellas que contienen los llamados aminoácidos esenciales (que son los “bloques” moleculares que construyen las proteínas y en el caso de los llamados esenciales, son los que nosotros no podemos sintetizar y estamos obligados a obtener desde la dieta). Esta cualidad nutritiva del huevo es cierta, sin embargo en algún momento se empezó a recomendar limitar el consumo de huevo. ¿Por qué? Porque el huevo tiene un alto contenido de colesterol, cuya concentración en la sangre se probó que estaba relacionada con el riesgo de sufrir un infarto. Otros años después (en la actualidad, si es que no ha salido algo reciente que me contradiga), se volvió a recomendar un alto consumo de huevo… ¿Por qué? Porque se comprobó que el colesterol de la dieta tiene muy poca influencia en los niveles de colesterol en la sangre y que en realidad estos dependen más bien del colesterol que las células sintetizan. Además, se demostró que el riesgo de un infarto está también potentemente influenciado por el consumo de triglicéridos (que vienen de los carbohidratos: pan, pastas, etc) más que del consumo de grasas. Toda la evidencia derivada de estudios científicos en este caso era cierta: el huevo tiene un alto contenido de proteínas ricas en aminoácidos esenciales, el huevo tiene un alto contenido de colesterol, los niveles de colesterol en la sangre están relacionados (OJO: relacionados es distinto de causan) con el riesgo de sufrir un infarto, etc… pero la nueva evidencia que se agregaba durante los años llevó a los científicos a ir modificando las conclusiones de sus estudios y, consecuentemente, las recomendaciones que se hacen a las personas.

Lo importante es que las recomendaciones que un buen científico hace están basadas en la evidencia más actual disponible y que un buen científico está listo para cambiar sus convicciones en tanto la evidencia científica le muestre que está equivocado. Un buen científico es una persona abierta, que no abraza una hipótesis en forma ciega y que está listo para ceder ante experimentos bien diseñados. ¿Por qué digo un buen científico? Porque evidentemente no todos lo son, hay científicos que sucumben a intereses personales, hay científicos que ponen sus convicciones personales por sobre la evidencia… pero créanme, no son la mayoría. Y no son la mayoría no porque seamos mejores personas que el resto de los mortales, no son la mayoría porque todo lo que hacemos está sometido a la revisión de otros científicos que no son nuestros amigos ni quieren protegernos, sino más bien que están listos para examinar exhaustivamente la calidad de nuestros datos y la lógica y fundamento de nuestras conclusiones. Los malos científicos suelen, por lo tanto, hundirse rápidamente denunciados por sus colegas.

Pero si somos tan buenas personas, ¿Por qué parecemos absolutistas?… No puedo responder más que con una opinión personal. Pienso que parecemos absolutistas porque en las cosas que atañen a la ciencia no aceptamos como argumento nada más que evidencia, exigimos además que la evidencia sea de calidad y cuando se nos expone un argumento lo examinamos con lupa, cual joyero revisando si lo que tiene en la mano es un diamante o un circón, tratando de revisar cada ángulo y cada arista para chequear que las apariencias no nos engañen. Me imagino que este escepticismo pudiera parecer “resistencia al cambio” o “estrechez de mente”… pero es más bien método, es una especie de check list para asegurarnos que el argumento que se nos presenta está bien construido y sostenido sobre evidencia. Cuando descubrimos que en la mano tenemos un diamante, nos volvemos niños otra vez y nos fascinamos y nos asombramos con nuestra nueva joya.

¿Por qué nos interesa difundir?

El Profesor Carl Sagan y su discípulo, el Profesor Neil deGrasse Tyson, ambos astrofísicos y dos de los más grandes comunicadores científicos del último tiempo. En Chile, Gabriel León y José Maza son dos de los comunicadores más exitosos, con recientes libros que están en las listas de los más vendidos.

Nuevamente, no me queda más que representar a una fracción de mis colegas… esta opinión es personal, pero sé que no hablo sólo por mi.

Cuando veo, escucho o leo gente -a veces amigos o gente que aprecio- creer que el biomagnetismo puede curarles el cáncer y junto con esto explicar con profunda convicción que los iones del cuerpo están desalineados y por lo tanto ponerlos en un campo electromagnético como el de un imán puede realinearlos, siento una mezcla de sentimientos difícil de explicar: rabia contra quienes inventan esas teorías y le dan una explicación pseudocientífica que no resiste el análisis de cualquier persona que recuerde sus clases de química y biología de enseñanza media; pena por la gente que se deja convencer y que abandona tratamientos con efectividad probada por probar estas cosas “naturales” y “sin químicos” y que podría morirse en el intento; y responsabilidad de explicar y transmitir los conocimientos que tengo para que la gente no caiga en estas cosas.

¿Qué harían ustedes si estuvieran seguros de que alguien que quieren está corriendo un riesgo que puede incluso matarlo? ¿Si supieran que ustedes tienen la información para sacarlo de su error? ¿Que sacarlo de ese error puede salvarle la vida? Yo, y creo que muchos más incluyendo a mis colegas de Incandescente, decidí no quedarme callada.

¿Qué harían si creyeran que gente inescrupulosa se está aprovechando de sus amigos para hacerlos gastar dinero en terapias que de sobra saben que no sirven? También decidí no callar.

Nos hemos llenado de “likes”, pero también nos hemos llenado de críticas e insultos infundados, de frases como que “nos pagan las farmacéuticas”, que “somos cerrados de mente”… Algunos dirán que esas cosas no debieran afectarnos. A mí a veces me afectan, más cuando he visto que vienen de gente que quiero.

Hay que desterrar la ignorancia, no para que seamos todos doctos, ni para ensalzar a los investigadores. Hay que desterrar la ignorancia porque la ignorancia mata, la ignorancia entierra la voluntad y la autonomía, nos hace esclavos y nos somete a la perversidad de quienes solo buscan su propio beneficio. Hay que desterrar la ignorancia y democratizar el conocimiento, generar equidad permitiendo que todos tengan la capacidad de criticar y analizar la información que se les presenta.

Hay que difundir la ciencia, pero no sólo por difundir la ciencia, hay que hacerlo para fomentar el pensamiento crítico, para despertar a una sociedad que es capaz de creerle al Dr. Soto aún si dice que consumir clorito es bueno o que los padres tienen la culpa de que su hijo tenga cáncer.

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